María Cegarra

María Cegarra Salcedo (1903 – 1993) la primera mujer perito químico de España y poeta pionera en el uso de motivos científicos y técnicos en su poesía.
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Hidrocarburos que dais la vida: Sabed, que se puede morir
Aunque sigáis
Reaccionando; porque no tenéis risa ni aliento, ni mirada, ni
Voz. Solo cadenas.

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He sido
una sencilla profesora de química.
En una ciudad luminosa del sureste.
Después de las clases contemplaba el ancho mar.
Los dilatados, infinitos horizontes.
Y los torpedos grises de guerras dormidas.
He quemado mis largas horas en la lumbre
de símbolos y fórmulas. Junto a crisoles
de arcilla al rojo vivo hasta encontrar la plata.
No he descubierto nada.
No tengo ningún premio.
A Congresos no asistí.
Medallas y diplomas
nunca me fueron dados.
Minúscula sapiencia para tan grandes sueños.
Pequeñez agobiante para inquietudes tantas.
Y rebelde ha surgido, como agua en desierto,
el manantial jugoso, intenso, apasionado,
-dulce herencia entrañable- que tiene la riqueza
de llenar de poesía tan honda desolación.

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Fórmulas son, no tengo otros tesoros
pero les pongo vida para que tú las sientas
Todas van en la cuartilla
ingrávidas
Fácilmente se ocultan
hay un tesoro en esas letras
que yo sola veo y comprendo.

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Con dos letras y un número,
el agua en la pizarra muriéndose de sed.
La primavera penetraba en el aula
abriendo sus inmensas pupilas de universo.
Arrebatando la calma y el sosiego
con su caliente aliento de vitales sorpresas.
Un dorado abejorro, irónico, zumbón,
entregaba su vuelo
a la gota de linfa desecada.
Insistía en borrar el esqueleto de tiza
indiferente.
y surgieron, los vi, os lo aseguro,
manantiales rotundos.
Rumorosos torrentes.
Lagos serenos, mares.
Balsas verdes con mirada de hombre.
Ríos desafiando orillas.
Caprichosos arroyos…
y la lluvia sutil y dulce
para el sofoco de la tierra.

Yo puse mis lágrimas.
Las guardadas lágrimas amargas.

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Sentí una honda tristeza
al suspender al alumno vestido de negro.
Era como un árbol quemado.
Pantalón de hulla.
Jersey de grafito.
El cabello recordaba la turba.
Lignito en los zapatos.
Los ojos de azabache.
En un dedo un diamante
sus destellos lanzaba…
Presentó las cuartillas en blanco
sin escribir una palabra
del tema del carbono.
¡Cuánta tristeza sentí al suspenderle
siendo él yacimientos!
María Cegarra, amiga de Miguel Hernández, éste le dedicaría el soneto de El rayo que no cesa, “para mi queridísima María Cegarra con todo el fervor de su Miguel Hernández”.

Lengua poética y lengua técnica: creación y ciencia de Pilar Díez de Revenga, Universidad de Murcia