Arden los alfabetos

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“Pero el mundo al que vuelvo ya no es el de antes. Yo soy un extranjero, como los muertos sin sepultura cuando suben del Aqueronte, y aunque estuviera en mi isla natal, en los jardines de mi infancia, que mi padre me encierra, ¡ay!, aun en ese caso sería un extranjero en la tierra, y ya no hay ningún dios que pueda ligarme al pasado.”

Friedrich Hölderlin “ HIPERIÓN”

 

I
El resplandor del fuego brilla sobre el mástil de las naves fenicias,
la sabiduría se resiste a morir
cae en pavesas sobre las ánforas cargadas de vino y púrpura
filtrándose en la mirra con que ungirán su cuerpo las doncellas.
Hipérbolas y elipses
trazan volutas de humo sobre el cielo de Alejandría
mientras el aroma dulzón del pergamino se extiende por las calles.
Los triángulos de Euclides y el universo de Tolomeo
se aferran a las sandalias de los mercaderes del Sahara.

Arden los alfabetos
y el olor a verbo quemado se mezcla
con el sudor acre de los soldados macedonios,
sazonado con las especias de los mercaderes de Oriente.
Una brisa suave arrastra las deltas hasta el delta del río,
varando a las taus hasta anclarlas en los espigones del puerto.
Arden las palabras y con ellas el Cosmos
su brillo oscurece en la noche los destellos del Faro.
El resplandor del fuego mece con las olas
los paños, las esencias, los mapas de otros mares,
rompe las constelaciones calcinadas junto al cabo de Loquias.
Todo el conocimiento se disuelve en las aguas,
y las cenizas se mezclan con las conchas
en la arena de la isla de Pharos.
Arde Alejandría mientras miro la noche,
mis pupilas reflejan los rescoldos
y
se alejan en las naves que abandonan el puerto.
Todo lo que he visto viaja a la otra orilla,
en ésta sólo quedan los restos de la sombra,
solitarias sigmas perdidas entre el grano.

Día de la Biblioteca, recordando la destrucción de la antigua Biblioteca de Alejandría

Los cuasicristales

Modelo atómico de un cuasicristal de plata-aluminio. /Wikimedia Commons

Modelo atómico de un cuasicristal de plata-aluminio. /Wikimedia Commons

En el límite del cristal, en el límite del ars magna
A Daniel Shechtman

En el cauce del río Khatyrka
cubierta por el musgo
yace dormida la piedra de la locura,
los salmones en el desove la rozan con sus lomos.
Como un verso,
al borde del ars magna,
la simetría prohibida
se unge con esferas diminutas
suspendidas entre el cristal y el no cristal,
–el cuasicristal–
en un reino mineral anfibio
donde descansan los sólidos que se creían imposibles.

Cuasicristales_establoPegaso

En los cristales los átomos se ordenan según patrones repetidos que forman simetrías. Este orden regular, que es común en gran cantidad de sustancias, sirvió para que se estableciera una regla básica: “Desde el punto de vista químico, los sólidos se clasificaban en cristalinos y amorfos”. Pero contra todo pronóstico, en 1982, el cristalógrafo Daniel Shechtman observó al microscopio electrónico una aleación con una estructura considerada imposible, al menos hasta entonces. El primero en cuestionarse el hallazgo fue él mismo: “Una criatura semejante no puede existir”, pero estaba allí. Romper con este dogma de la Química le supuso la burla de buena parte de la comunidad científica y a punto estuvo de costarle su puesto de trabajo.

Unos años más tarde dos investigadores relacionaron los resultados de Shechtman con previsiones matemáticas anteriores, en particular, las de Roger Penrose, y al llevar a cabo análisis de otros materiales comenzaron a observar patrones muy parecidos. El descubrimiento de Shechtman confirmaba las predicciones realizadas anteriormente por algunos matemáticos.
En la naturaleza se encontró por primera vez en 2009 cuando analizaron un mineral encontrado años antes en el cauce del río Khatyrka (Rusia). Actualmente se sintetizan cuasicristales en laboratorios de todo el mundo.
A partir del descubrimiento de Shechtman sabemos que existen estructuras regulares pero no periódicas en la materia, los cuasicristales, cuyas estructuras atómicas se asemejan al diseño de los mosaicos de la mezquita islámica en Isfahán, Irán, o de la Alhambra de Granada.
En 2011, Shechtman recibió el Premio Nobel de Química por haber descubierto un nuevo tipo de material que desafiaba los conocimientos científicos vigentes hasta entonces.

Vídeo sobre minerales, cuasicristales, Phi y la icosaedrita.

Este poema forma parte del libro Invierno sin corazón (Kernlose winter) y fue publicado originalmente en la sección de ciencia y poesía de Tam Tam Press

En Menorca,el pavimento de la iglesia de Santa María de Mahón, tiene un diseño único que usa las teselaciones de Roger Penrose. El artífice de la obra es el arquitecto Jesús Cardona, del estudio menorquín Nontropia, que para realizarlo empleó dos colores de mármol ‘blanco Macael’.
Cardona destaca que la teselación aperiódica le interesaba «porque existen diferentes combinaciones y cada una es única en sí misma dentro de una serie infinita de posibilidades. Es como una malla infinita que se recorta dentro de un espacio, en este caso el recinto de la iglesia».
El artículo Un singular pavimento matemático explica como se llevó a cabo la obra.
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Métrica del cero y el vacío

El número cero es el “no-número”. Representa el poder del vacío y su no-existencia hace posible el espacio. No expresa nada pero es el recipiente que todo lo contiene. El cero, como la locura, es el armazón que sustenta la idea de infinito, es el umbral entre la totalidad y la nulidad.

 

rosetón de Notre Dame

rosetón de Notre Dame

 

Busco el centro

Todos los Templos del mundo

visibles e invisibles

ya estaban construidos en mi alma.

Desde la humedad lenta de los siglos

creo figuras con todas las visiones

soy una vidriera orientada a poniente

levantada por la luz coagulada de deseo de miles de pupilas.

Mis brazos de cruz latina esperan extendidos

el abrazo supremo de la piedra.

Teñida de líquenes que sostienen columnas y retazos de memoria;

los cuatro evangelistas recogiendo espigas junto al pórtico,

María Madre acunando en su regazo el Árbol de la Vida,

los Bienaventurados ofrendando a los elegidos semillas de granada.

Mi sombra hiberna en la memoria dormida de las gárgolas,

y fluye tibia cuando acaba la estación de los hielos,

filtrándose en las grietas, brotando en filamentos de musgo en las entrañas.

De mi cuerpo a tus muros,

de mi corazón al ara

donde se elevan las voces de los hombres gritando el Aleluya.

Mi sombra acecha oculta mezclada con reliquias de santos y profetas

de guerreros y nobles que creyeron alcanzar el Paraíso

porque sus huesos y su carne se unieron a la piedra,

reposo eterno en matrices benditas de suelos consagrados.

Mi luz se alza en bóvedas de nervaduras imposibles,

abrevando su sed de transparencia en el Santo Grial,

floreciendo en la estación de la Rosa Mística,

ascendiendo al vacío,

al no-lugar donde el universo se congela en cristales.

 

Trazo el cero

Los pilares del alma

enigmáticos y grises como troncos de higuera

desprenden un aroma sutil que me transporta a moradas inciertas,

me mece en aguas del Jordán, a la diestra del Bautista,

me fascina como el basilisco, dejándome inmóvil a lomos de un centauro,

prisionera en símbolos que no sé descifrar.

Siento el desasosiego de la marca ignorada del cantero

condenada a que el tiempo la invada con la calma de lo que va a ser visible.

Cicatriz en el ábside, materia inmóvil de umbral que no conozco.

Sensaciones y recuerdos se estremecen cubriéndome de hiedra.

La nostalgia, hija de la tierra, repta sigilosa por espacios invisibles

reviviendo la dicha de los días que fueron y no fueron,

si la acaricio y dejo que se enrosque entre mis brazos

arrastrará en sus huellas el dolor de lo que ya no me pertenece.

Trazo el cero, piedra angular inexistente,

Trazo el cero, parteluz que divide en dos el vacío,

y el desasosiego me transporta hasta el pilar de no-materia que todo lo sustenta.

 

Todo converge

Entre catacumbas y cúpulas planea mi espíritu como una mariposa,

larva abriéndose a la luz,

extendiendo sus alas en nervaduras de piedra,

marcando venas de plomo en los vitrales.

Liba con la serpiente y picotea con el águila las ofrendas del Templo,

clava junto al Arcángel Miguel la espada en el ojo de la bestia,

celebrando con los justos el sacrificio del cordero.

Todo converge.

Espacio y no espacio.

Templos visibles de la Tierra,

y Templos invisibles que habitan en mi alma.

Peregrino en mi cuerpo y en la Nada,

y descubro el lugar donde los sentidos sólo son un pretexto.

Me interno en los espacios donde puedo abrazar el no-sonido

donde cimientos, bóvedas, pilares y vitrales apenas son volutas de materia invisible.

Deambulo en la Geometría por mi ansia de dar forma a la Nada,

de cercar el punto tal vez inexistente

a partir del cual puedo comenzar a imaginar el infinito.

Elena Soto del libro Métricas del alma

Catedral de León

Catedral de León